miércoles, 18 de agosto de 2010

Ultimos instantes en Essaouira y odisea de vuelta

Desayunamos a las 8 y vamos a dar un paseo por la playa. Por fin lo hemos conseguido: hoy sí hay buena luz para hacer fotos. Hacemos un par de quilómetros esquivando a algún que otro camellero pesado, y a algún que otro camello (pero de los que venden) también.

A la vuelta al riad, nos pegamos una ducha y hacemos el equipaje, cosa que resulta complicadísima, pues estos últimos días hemos comprado bastantes cosas, algunas de las cuales ocupan mucho espacio (colchas) y otras requieren un embalaje aparatoso (cuencos, tazas y discos). Y parecía que no era tanto.

A la hora de pagar, le dejamos a la chica del riad 100 dh. de propina para repartirlos con la limpiadora. Se deshace en agradecimientos. Supongo que no debía de esperarse nada, después del regateo feroz del primer día.

Dejamos el equipaje allí y vamos a comer algo. Una harira pasable y un cuscús malísimo. Terminamos de escribir las postales. Para el largo viaje que nos espera compramos pan (que el dependiente manosea bien para demostrarme que es fresco), quesitos de La Vaca Que Ríe, galletas que luego resultarían ser añejas y unos pastelitos marroquíes más incómodos de comer de lo que parecen, básicamente porque luego te quedan las manos pringosas de miel.

Llegamos a la estación cargadísimos. La chica que controla el equipaje me permite subir al bus la mochila donde llevamos toda la cerámica, pero el conductor, con bastantes malos modos, no, lo cual termina en discusión, pero yo es que ya voy tan harto que no paso una, sobre todo si me tocan, agarran o empujan, algo muy habitual aquí.

El primer tramo del viaje, el autobús a Marrakesh, dura tres horas. Justo debajo de una pegatina de "terminantemente prohibido hablar con el conductor", el busero va todo el tiempo de cháchara con algún colega que se ha encontrado. En la parada de mitad de camino nos piden 25 dirhams por un helado. "Es Agadir", nos dicen. Pasamos del helado y de Agadir.

El bus nos deja justo delante de la estación de tren de Marrakesh. Nuestro tren es grande y parece vacío, pero en todos los compartimentos hay dos personas tumbadas haciéndose las dormidas y ocupándolo todo. Llegamos a un vagón sin compartimentos, que va vacío. Mucha gente entra con bolsas de McDonald's, pero nadie come todavía. El tren arranca. El revisor promete avisarnos en nuestra parada. Media hora después se pone el sol y la gente ataca sus hamburguesas medio frías. En un extremo del vagón dos tipos van pendientes de un portátil, escuchando música tan alta que los pobres altavoces distorsionan. Van haciendo zapping de canciones, no dejan que termine ninguna. Me acerco a pedirles si por favor no podrían bajar un pco la música. De repente, a pesar de que antes me han hablado en inglés, no entienden el inglés ni los gestos. Al final lo hacen magnánimamente, un poco y un rato. El revisor no aparece, pero por el movimiento está claro que estamos llegando a Casablanca, tras otras tres horas y pico de viaje.

Este tren va igual que el anterior: los compartimentos, ocupados por gente repanchingada; el vagón corrido, vacío, pero luego se irá llenando en cada parada, y son muchas. Es ya de noche. El viaje durará ocho horas. Por el pasillo desfila gente sin parar, con paso tan decidido que el suelo tiembla, como si tuvieran gestiones importantes que hacer. Algunos van y vuelven seis veces seguidas. No hay quien pegue ojo. Cuando por fin paso al otro lado de la frontera del sueño, un tipo que no es revisor, pero que acompaña a éste, me pega unas bofetaditas en la pierna y me indica que no perdamos de vista el equipaje. Pero yo lo que quiero es dormir, las mochilas, primero, que pesan demasiado como para que cualquiera las baje sin despertarnos; segundo, que ya las he asegurado haciendo mil nudos con todas las correas; tercero, que me dan igual, que yo lo que quiero es dormir. La mochila de la cámara la llevo debajo de las piernas y sujeta de tal modo que tendrían que cortarme un pie para quitármela. Pero dormir es imposible: hay más movimiento que en el metro de Madrid, la gente pasa gritando, chocando con los que estamos sentados, aquello es una locura.

Son las dos de la mañana y he conseguido despistarme lo suficiente como para entrar en el limbo de la duermevela. En alguna parada se ha subido un tipo y se ha sentado más o menos enfrente de mí, pero en otra fila de asientos (los asientos de enfrente de nosotros van ocupados por nuestros pies). El tipo se pone a silbar. Usa sólo dos notas, como un pájaro sin talento, y, con la mirada perdida en el infinito, repite una melodía que ha inventado: ti-tu, titi-tu... ti-tu, titi-tu... La gente de alrededor lo mira, al cabo de un rato algunos empiezan a cambiarse de sitio, pero el tren ya va lleno y no hay muchas opciones. Le hago gestos de que hay gente intentando dormir, pero el tío pasa de todo. Mosqueado, me acerco y me siento enfrente de él. Con voz exageradamente melosa, le explico la situación. Para variar, no entiende francés. En español chapurreado dice que él siempre "chifla", en casa también, y que le da igual molestar al resto porque él tiene "la cabeza así". Me pongo serio y para. Con algún que otro brote de inspiración, pero bueno.

A las tres y pico de la mañana empieza otra vez el revuelo. De repente todos los pasajeros del vagón sacan fiambreras con pollo y empiezan a comer. Una cosa inaudita. Bueno, hay uno o dos que, en vez (o además) de pollo llevan huevos duros y algún tipo de pan.

Por fin logramos dormir algo, a pesar de lo incómodo de los asientos y de las mochilas que llevamos atadas a las piernas. A las cinco y media de la mañana suena el despertador que he puesto para que nos dé tiempo a prepararnos tranquilamente. Ya ha amanecido. A las seis, efectivamente, el tren para, pero en otra estación. Más adelante, para otra vez, pero tampoco es la nuestra. Ni la siguiente. Ni la siguiente. Llegamos a Taourirt con más de tres horas de retraso.

En Taourirt el tren nos espera en la vía de al lado. No sabemos si es que nos han esperado tres horas para que cojamos la conexión o es ya el siguiente tren o qué. Pero no hay tiempo de comprar nada. Tenemos hambre y sed, pero ni agua ni comida. En nuestro compartimento van una señora y una chica que no paran de hablar en árabe y de reírse. Tardamos dos horas en recorrer unos cien quilómetros.

Y, tras veinte horejas de viaje ininterrumpido, nos encontramos por fin en Nador. Pasan de las once de la mañana. Por culpa del retraso, no sabemos si llegaremos a tiempo al ferry que queremos. Ni si habrá billetes. Más vale que sí, porque el siguiente sale a las cinco de la tarde. O a las diez. En la estación la cafetería está cerrada.

Un taxista nos ofrece sus servicios. Pregunto el precio y le explico que ya casi no nos queda pasta. Son diez dirhams por persona. Los grand taxis cobran una tarifa fija por persona, llevan seis pasajeros y no arrancan hasta que se llenan. Pero el nuestro arranca inmediatamente. Ya me huelo la maniobra, pero no tenemos tiempo para discutir. Efectivamente, al llegar el tío nos pide 70 dh. "por haber cogido el taxi completo", que luego, al ver que sé algo de matemáticas, rebaja a 60 (a ver, un problema de aritmética: seis plazas, a diez dirhams la plaza, son... hmmm...). Le digo que habíamos quedado en 10 dh. por persona y que nosotros no le hemos pedido que nos lleve solitos. Qué curioso, de repente no entiende francés, pero me sigue reclamando la pasta. No tenemos ganas de discutir. Le enseño que sólo me queda un billete de cincuenta, aunque no le enseño las monedas. Se da por contento.

Mientras tanto ya nos ha rodeado un enjambre de "ayudantes", como si después de tanto tiempo en Marruecos no fuéramos capaces de llevar las mochilas, comprar un billete o rellenar un formulario por nuestra cuenta. No hay modo de evitarlos. Uno dice que no hay barco a la una y que mejor que vayamos a otra compañía. No le creo, así que voy a preguntar. Se cuela delante de mí y le dice algo en árabe al de la ventanilla. Sí que hay barco a la una, pero no se puede pagar con tarjeta. Nos mandan a otra compañía, que tiene su oficina al otro lado de la calle. Allí nos dicen que en teoría sí que se podría, pero que no quieren y que vaya a sacar dinero. Y que falta media hora para que cierren en embarque.

Encontramos un cajero. Pido 1100 dh.: 490 para cada billete y algo de sobra para comprar agua y comida. El cajero me devuelve la tarjeta, pero no suelta la pasta. No me lo puedo creer. Entro en el banco, sale conmigo un segurata que me trata como si yo no supiera usar una máquina de ésas. Paso por paso va pulsando las teclitas y "me ayuda" a sacar 1500 dh., porque, según él, el cajero es caprichoso y no da cantidades que no sean múltiplos de 500, a pesar de que en la pantalla no pone eso. Total, que tengo muchos más dirhams de los que necesito y, encima, probablemente haya perdido 1100, es decir, casi 110 euros, pero no tengo cómo comprobarlo. Qué cabreo llevo.

Compramos por fin los billetes, pagamos en efectivo, pero nos mandan otra vez a la compañía de enfrente "a confirmarlos". No entiendo nada. La chica alaba "lo bien que hablo francés para ser español", y luego empieza a hablarme en un español perfecto. Un tipo que lleva un fajo de formularios en la mano insiste en rellenarlos por nosotros, luego empieza a insultarme, dice que le he prometido antes tal y cual y que le dé dinero. Sus insultos y amenazas revelan un nivel de español bastante alto.

Entramos por fin en el recinto de la estación marítima. Unos polis nos miran los billetes. Luego hay que andar un rato hasta el edificio. Dentro hay un bar, pero está cerrado. No tenemos ni una gota de agua para las próximas horas. Y el embarque a punto de cerrar.

Salgo corriendo, tengo que quitarme las chanclas para ir más rapido. Los polis de la puerta no entienden nada. Fuera de la estación marítima hay varios restaurantes. En el primero me cierran la puerta en las narices, espetándome que es Ramadán. El siguiente está cerrado. El cuarto también está cerrado, el jefe está leyendo el periódico, pero manda a un limpiador que vaya a buscar una botella, éste sube las escaleras, desaparece, tarda un montón y vuelve con una de medio litro, les explico que es poco, vuelve a subir, vuelve a tardar y vuelve a traer una pequeña. El jefe sonríe y no me las cobra. Shukran.

Vuelvo corriendo y chorreando sudor. Los polis me indican que pase sin mirarme ya el billete ni nada. Y todavía me sobran 500 dh. En la estación marítima hay una oficina de cambio. Está cerrada, como todo lo demás, pero la abren para mí. El cambio que me ofrecen es un timo tremendo, pero no tengo otra opción ni tiempo para discutir. En el control de equipajes les llaman la atención mis objetivos, pero a cambio no detectan los dos cuchillos que llevamos. Aún falta el control de pasaportes y de formularios, que con la historia del agua me he olvidado de rellenar. Somos los últimos en embarcar.

Nos vamos de Marruecos. Alhamdullilah.

Tras casi treinta horas de viaje ininterrumpido (un autobús, tres trenes, un taxi y un barco), casi sin comer ni beber ni dormir, llegamos al puerto de Almería.

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